La ducha de la casa ecológica en la que me alojé durante mi beca en el Instituto de Desarrollo Sostenible en Hartland, Vermont es una expresión perfecta de la relación holográfica que tenemos en la danza espiral de la vida en este planeta. Estuve allí una semana en octubre para estudiar teoría de sistemas, pero aprendí mucho más que eso.

La ducha forma parte de un entramado de sistemas ecológicos donde resalta, entre muchas cosas, la dirección de la casa hacia el Este para recibir el calor de los rayos del sol y así calentarla con un menor uso de energía fósil. Los inodoros de composta que no gastan agua y más bien producen fertilizantes para los productos que siembran en la finca común. Un lugar dónde la fruta y verduras que se sirven en la mesa vienen de su propia producción y lo que no se produce allí, se sabe de qué región del mundo viene, cómo se ha producido y quienes la han sembrado y cosechado. Un grupo de 60 personas adultas y sus niñas y niños tienen su día de la semana para la siembra, cosecha y trabajo comunitario.

Las paredes de la ducha están hechas de una serie de espirales de pedacitos de cerámica, contactados todos por los colores, las formas, la fragua y hasta la intencionalidad del artista que lo hizo: bañarse, refrescarse y disfrutar del mural artístico que te rodea.

Pero es más que eso. Te recuerda cada mañana que apenas eres una parte del todo que es nuestro universo.

Debido a que algunos de los espirales son de pedazos de espejo, cuando te metes desnuda a la ducha y te miras en los espirales de espejo, inmediatamente te conviertes – naturalmente - en parte de la danza de espirales que bailan con el salpicar del agua por todas partes.

Y cuando enfocas aún más la mirada, tratando de encontrar tu imagen en ese baile, tan solo puedes ver las partes de tu propio cuerpo que se proyectan en los espejitos. Las demás pasan a ser los espirales de cerámica convertidos en las otras partes de tu cuerpo.

Lo que entiendo por “teoría de sistemas†o “pensamiento complejo†o paradigmas holísticos†o como sea que le quieran llamar a esos procesos de renovación de nuestras maneras de vivir y ver el mundo, no son para mí otra cosa que procesos de reaprender a bailar a los ritmos y conexiones, reconociéndonos plenamente como parte de ellos.

Claro que hacer eso requiere una cierta mentalidad bio-eco-lógica que a menudo perdemos. Hay un paradigma perdido en este planeta. Muchas veces es la gente menos educada en la racionalidad de los sistemas educativos formales, otras son la mayoría de mujeres (y algunos hombres) que permanecen ligados al cuido y el cariño (y a demostrarlo sin vergüenza), y hasta muchas personas en la academia, las ciencias, las artes y hasta en la política que viven en resistencia al paradigma hegemónico de la dominación, el control y la división de todo en mitades desiguales.

Y “maestras†en eso también han sido las dinámicas naturales del amor, el sexo, los movimientos transformadores, comunidades, familias y hasta la comunión con otros procesos de la naturaleza que me devuelven a los ritmos vitales cuando me escudo en la racionalidad de mi cabeza. Todos me han enseñado a volver a la vida. Ese es mi cambio de paradigma. No sucedió de un sólo y de hecho nunca es algo acabado. Es simplemente eso: un camino que me presenta la vida en su plenitud, pero también la posibilidad de plenitud de la mía en ese todo.

No es, ni ha sido fácil, pero hace un tiempo llegó un momento en mi vida en el que no pude evitarlo más. Aunque pensándolo bien. Eso es otro cuento que queda para otro momento.