Maria Suárez Toro
Enero 25, 2007

Llegamos a esta casa en Provincetown mediante una beca que nos otorgó la Fundación GAEA. Consiste de una Residencia Artística de dos meses para avanzar en la construcción de la obra de teatro musical ”Alas de Mariposa” en Costa Rica.

Las instrucciones sobre el uso de este acogedor lugar a la orilla del mar en la Península de Cape Cod en la Bahía de Massachussets, eran mas largas que la descripción del programa artístico mismo.

En realidad la estadía consiste en eso: un financiamiento para permanecer en este lugar alejado del mundanal ruido, tranquilo, sencillo, frente al mar, y para colmo, con todas las condiciones para que artistas de distintas partes del mundo, una persona o dos a la vez en la casita, pasen dos meses dedicados a producir sus proyectos artísticos.

La foto que habíamos recibido por correo era bellísima y la descripción de la casita también: “Una estructura colonial de tres pisos, construida en 1620 en este pueblo que fue el primer lugar donde desembarcaron los peregrinos ingleses del barco Mayflower cuando llegaron a las Américas.

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Antes de ellos vivían aquí los pueblos indígenas Wampanoag, asediados anteriormente a la colonización por vikingos escandinavos y por piratas de todos los mares.

Después de los peregrinos, esto se convirtió en un puerto de pescadores portugueses y luego de la industria ballenera. Hoy día es un pueblo de artistas, de no más de 3,500 habitantes durante todo el año y hasta 50,000 en verano, con al menos 30 galerías de arte y 54 muelles, a pesar de que tiene una geografía de apenas 12.8 kilómetros a lo largo de la costa.

Hay pescadores todavía y descendientes de la comunidad portuguesa se mantienen habitado el lugar. En primavera llegan muchos turistas y estudiantes a observar y estudiar las ballenas.

Originalmente la casa era una panadería. Las paredes del sótano de la casa son testigo de ello. Todavía tienen las huellas de los hornos de fuego para cocinar el pan. La panadería estuvo localizada al otro lado de la bahía, en Cape Cod. En 1860 fue trasladada íntegra, en barca, a Provincetown para convertirse en una casa de verano.

En el cambio del presente milenio fue comprada por Gaylord Nelly, fundadora y Presidenta de la Fundación GAEA, para el proyecto de Residencia Artística de la Fundación, conjuntamente con el Centro de Bellas Artes localizado en el pueblo también. En ese otro programa hay 20 artistas más, entre escritoras, pintores, escultoras y pintoras de todas partes del mundo. Somos las únicas latinoamericanas.

La “inteligencia” de la casa

La carta de bienvenida al Programa contenía una serie de minuciosas instrucciones acerca del cuido de la bicentenaria estructura de vieja y sólida madera, su igualmente antiguo mobiliario y sus sistemas de calefacción y electricidad modernos.

Las galardonadas, Guadalupe Urbina y quien escribe, viajamos el primero de enero procedentes de Costa Rica y Puerto Rico respectivamente, para ingresar a la casita el segundo día del nuevo año.

Entramos sigilosas y casi de puntillas al ya soñado museo viviente y sobreviviente. Crujían las maderas al paso de nuestros pies y las muchas puertas nos abrían paso, uno tras otro, a los 12 pequeños aposentos en los que se divide la pequeña y acogedora casita de aproximadamente 290 metros cuadrados distribuidos en tres pisos.

¡Tanta puerta, tanto cuartito y tanto piso! Al principio no entendí mucho desde mi referente tropical. Pero Guadalupe vivió muchos años en los inviernos de Holanda. Además a ella le encanta abrir y cerrar puertas, por lo que desde el principio estaba en su charco, descubriendo los secretos de la misteriosa residencia que ha sido tantas cosas en tantos tiempos.

En cambio yo estaba un tanto despistada, porque a mi lo que me gusta es diseñar y construir casas, pero las tres que he hecho están en Costa Rica y han sido construidas en la modernidad, por lo que no asimilaba aquella extrañeza arquitectónica.

Tanto Lupe como la casa misma me fueron abriendo la percepción a la “irracionalidad” de tanto compartimiento, tanta puerta y tanto piso. Y fui descubriendo que esta sí que es una casa inteligente. ¡A Molly* - una de los personajes de “Alas de Mariposa” - le encantaría! Es inteligente, como ella.

Crujen todas sus maderas, como para recordarnos, sin decirnos nada, que ella es una casa antigua que hay que cuidar en cada paso. Sus maderas no solo hablan solas cuando se camina sobre ellas, sino que se agitan con el viento y con el inclemente frío del invierno, recordándonos que a lo viejito hay que darle calor para que dure mucho tiempo.

Además, ese crujir de sus maderas es lo único que le recuerda a una que hay otra persona con la que se comparte la casita, porque está diseñada de tal manera que no se escucha lo que sucede de una aposento a otro, aunque por los movimientos de vez en cuando, nos dice que cada quién está en lo suyo, trabajando.

Extraño, pero así es. Guadalupe está en su dormitorio tocando la guitarra y yo en el mío escribiendo y escuchando música grabada, sin que ninguna sepa a ciencia cierta lo que la otra está haciendo. Una arquitectura que protege la privacidad de sus habitantes a la vez que las conecta, no es cosa muy común hoy día. Te recuerda también que si dejas de andar, puedes pasar desapercibida. ¡Qué inteligente!

Lo que más me impresiona de su “IQ” es que todos los cuartos están separados por un sistema de doble puerta entre cada uno, con un mínimo espacio de aproximadamente 20 centímetros entre puerta y puerta. Es increíble cómo cada espacio de esos se convierte en una cámara aislante del frío (y del ruido, por cierto). Es como si por vieja sabia, la casa supiera que hay que conservar la energía y sabe cómo hacerlo y, mejor aún, sabe ponernos a hacerlo en el trajinar por sus espacios.

La sabiduría de sus paredes

Sus paredes también hablan. Están llenas de arte por todos lados. En la cocina hay un cuadro que es un quilt de la artista, Natasha Kempers-Cullen, titulado “La Madona de la Cocina”. Muestra una mujer rodeada de distintos implementos de cocina y de los alimentos que cuece, pero ella es tan grande y poderosa, que parece imponerse sobre todos sus herramientas de trabajo. Abajo dice así: “¡La madona se salió del guacal!

Otra obra que me impresiona es una que está en mi cuarto en el tercer piso. Es un cuaderno de hojas de tela, en el cual hay distintas texturas, unas con texto y otras que solo exhiben su diseño textil. Lo hizo la artista, Lauren Camp en el 2003 cuando, al calor de la más reciente declaración de guerra del Presidente de su país, fue invitada a trabajar su arte con adolescentes en las escuelas de los suburbios empobrecidos de Albuquerque en Nuevo México. “Cuéntame la historia” es el nombre de la obra. Hay escritos de soldados, de prisioneros políticos, de poetas, y hasta un memorando del Departamento de Estado de la Administración Bush sobre la guerra contra Irak. Uno dice así: “En presencia de la injusticia social y el abuso, el silencio es casi tan dañino como la injusticia misma.

En el baño hay un cuadro hermoso de una artista, Tabitha Vevers, que declara en él que le quiere dar un mensaje a su marido. El marido aparece de media cara en el cuadro, en la esquina inferior derecha, mirándola a ella, quien está saliendo de una fuente de agua para echarse a volar en el aire. Volando, dice así: “En un sueño lúcido estoy mostrándole a mi marido que volar es bastante parecido al ballet acuático, excepto que no hay que aguantar la respiración.”

Ojalá que recordemos eso en la construcción de “Alas de Mariposa”. No hay que aguantar la respiración para volar haciendo las cosas como las queremos.

Las pequeñas pero selectas bibliotecas en cada aposento de la casa nos hablan de las artistas y los artistas que nos ha precedido en la Residencia Artística desde el 2001 cuando comenzó el programa. Los trabajos de Biljana Kasic de Croacia, sobre la historia y la cultura de la antigua Yugoslavia y el lugar de las mujeres en la lucha por la paz y la justicia social en su región. Los libros de la indígena americana, Pula Gunn Allen sobre espiritualidad y sobre literatura indígena. Las obras de la afro-europea , Julia Sudbury, sobre el cine de la diáspora americana. Las descripciones de las obras de teatro de Alice Tuan, de las obras de arte plástico de Prema Murthy, Lauren Camp y la fotografía de Sue Johnson, entre libros sobre globalización, ecología y arte en general.

En fin, esta casa habla todo el tiempo, pero la interrumpe el teléfono que suena cuando apenas hemos pasado unas horas en ella. Guadalupe contesta. Medio entiende que es una encuesta o un censo. Me pasa el auricular para que yo conteste en inglés.

La encuestadora amablemente me explica que llama del Departamento Federal de Comercio. Me explica (en inglés): “Le quiero hacer una sola pregunta: ¿Cuánta gente pesca en esa casa?”
“Una”, le contesto sin pensarlo mucho.
“¿Qué pesca su marido?”
“No tengo marido, pero pesco pargos, dorados, jureles y sierras.”
“What?
“Es que usted no me ha preguntado dónde pesco. Es en Costa Rica y en Puerto Rico. Acabo de llegar de hacerlo, pero estamos aquí para hacer arte también. ¿Le interesa?”
Cuelga inmediatamente la “educada” funcionaria pública, dejándome colgada. No importa. Guardo silencio. Prefiero escuchar la casa y ponerme a trabajar con Lupe en ”Alas”

* “Molly, la microchip inteligente”

Es un capitulo del libro inédito mío en el que se basa la obra “Alas de Mariposa”. Ella es una construcción imaginaria del científico futurólogo, Michio Kaku de Estados Unidos, en su libro “Visones: cómo la ciencia revolucionará el Siglo XXI”. Para explicar cómo será una casa “inteligente” dentro de 20 años, nos presenta el ejemplo del apartamento de un ejecutivo. Tiene un sistema de la robótica, llamado “Molly”, que le hace todo, absolutamente todo en la casa. Molly es capaz hasta de adivinar lo que él necesita, porque ella está programada para conocerle sus deseos por adelantado. Con ese texto, Kaku pretende mostrarnos como será una casa inteligente en el futuro ante el desarrollo de las tecnologías. Mi libro y la obra musical de teatro “Alas de Mariposa”, al presentar a Molly, lo que hace es demostrar que las tecnologías no son neutrales.