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Volar no es solo tirarse desde el aire y aterrizar en tierra; es también lanzarse a las profundidades. Es eso fue lo que hice el propio día de mis 60 años.

Todas las especies vivientes tuvieron su origen en el mar.  Allí se gestaban y nacían, se criaban, desarrollaban, y morían todas las que nos antecedieron en la historia de la evolución de la vida del planeta.

La imaginación de la naturaleza es más grandiosa que la de la mente más fantasiosa del universo, en cuenta la mía.  Sin embargo, a pesar de parecer una fantasía, esto es cierto.  Algo de ancestral se nos mueve dentro cada vez que regresamos al mar.  Mientras más fantasiosas sean nuestras mentes, más recuerdos ancestrales y resonancias mórficas se nos activan al contacto marino. Y lo revivimos intuitiva y primitivamente.

No hay nada más arrullador en este mundo, que las ondas recurrentes de las olas del mar, tan semejantes al sonido de los movimientos rítmicos de los vientres impregnados que se escuchan en los modernos aparatos de ultrasonidos, utilizados en revisiones prenatales.  A muchas personas nos encantan y a otras les aterran.  Pero lo que compartimos todas, es que una vez fuera del mar del que vinimos, nunca podemos regresar a él más tiempo del que podamos aguantar la respiración.  O lo que resistan los tubos de aire de las máscaras de snorkeling, que aunque nos mantienen irremediablemente a ras de la superficie, nos permiten respirar bajo el agua.  Aún con esos recursos, no podemos ir más allá.

Pero bucear es regresar al vientre del planeta.  Quienes nos criamos a la orilla del mar, descubrimos desde siempre algunos de sus misterios, así como aprendimos a conocer algunos de la tierra y de nuestros progenitores.  Pero otra cosa es re-conocerse en el mar.  A mí me sucedió recientemente, cuando hice el curso de buceo profesional para adentrarme en sus profundidades.  Lo más maravilloso de esa primera vez, fue poder permanecer en el mar por una hora completa. Regresar al vientre es regresar a casa.  Es el reabrir un mundo antiguo en el que estuvimos fundidas con otras formas de vida antes de que lo pudiéramos intelectualizar, racionalizar o fragmentar.

Vivan las profundidades de los 60.